Búsqueda
críticas
Gritos opacos

Aún el viento. El nudo de sangre, de Máximo Salas. Dirigida por Máximo Salas. Con Mirta Demestri, Silvia Kalfaian y Enrique Oliva Zanibelli. En el Espacio cultural Pata de Ganso. Zelaya 3122. Funciones: sábados 22:45 hs. Entrada: $40 y 30.




Ni bien empieza la obra de Máximo Salas, dos mujeres aparecen buscando un refugio, un espacio que las cobije del peligro del afuera con sus guerras y muertes a mansalva. El dúo irrumpe en un lugar que, por acción de alguna especie de conjuro chamánico, las mantiene a salvo e invisibles al resto de los hombres. Ya seguras, una de ellas, la embarazada, da a luz al que, según dice la otra, será el guerrero que devuelva a su pueblo la grandeza perdida. Pero tanto esa promesa como los comentarios sobre un universo en descomposición no son más que los motores de una historia que gravita alrededor de viajes que atraviesan distintas clases de espacios. Y estos no siempre se explican, acaban por imprimirle al relato una pátina de misterio sostenida más sobre la intriga que produce la falta de información que sobre lo que se cuenta.
 
Y lo que se cuenta, además, tiende a transmitirse de manera oscura, como si la opacidad fuera la cifra de criaturas que entablan una comunicación mítica que muchas veces excluye voluntariamente al público. Si al principio la trama se presenta más o menos sencilla, poco a poco irá perdiendo claridad hasta invitar al espectador a perderse en el drama más inmediato que se juega en la escena y se plasma en una tensión mutante entre cuerpos que resultan extraños, ya sea por la ropa, las expresiones físicas o las formas de moverse. La dirección de Salas y su texto nos devuelven constantemente el teatro, el reverso siempre latente en toda obra que aquí surge evidenciado no por el quiebre de las convenciones de la ficción o del lenguaje teatral sino, cosa poco común, mediante el acto de oscurecer la historia hasta volverla poco comprensible y dejarnos frente a frente con una realidad hecha de carne y palabras que se levanta más allá de cualquier código narrativo.
 
En Aún el viento. El nudo de sangre la magia, los rituales (que asemejan juegos) y los hechizos se concretan y cobran forma delante de nuestros ojos, como ocurre con un momento de sueño (que pareciera ser más una especie de fisura espacial, como si alguna clase de dimensión colisionara y se enredara con otra) donde la mujer resucitada, casi poseída, se dispone a matar al chamán que duerme. Es por eso que, a pesar de rozar temas como los pueblos originarios, la destrucción de una cultura milenaria y el exterminio y el sometimiento aborigen, la obra nunca se dedica a proferir mensajes concientizadores ni altisonantes. Salas viene a demostrar que con esos temas también se puede elaborar un relato misterioso, que no ceda a los facilismos de la corrección política y que opte por interpelar al público desde un terreno discursivo más bien desconcertante, que genera perplejidad y no una moraleja tranquilizadora.
 
Quizás por eso en el final (y después de realizar una elipsis gigantesca que ubica el relato en la actualidad) no se espeta ninguna denuncia ni quiere producir un llamado a la acción; bien lejos de eso, un grupo de personajes descendientes de los protagonistas es mostrado en una convivencia más o menos armónica con el medio ambiente, ahora altamente tecnificado y avasallado por la civilización. No se los ve miserables o infelices sino distraídos en tareas cotidianas y hasta se los percibe alegres, satisfechos con su rutina compuesta de pequeños detalles. Algo inquietante hay en esa calma, como si en el aire apacible de los protagonistas todavía latieran salvajemente las aventuras, los dolores y las preocupaciones de sus antepasados, que caminaron la tierra mucho antes que ellos pero sin embargo parecen estar tan cerca, de ellos, de nosotros, como una voz muda que lanza desde algún lugar un grito incomprensible.
Nombre
Email
Comentario